Gran avenida de Madrid iluminada al anochecer

No Diario

Siempre pienso que voy a dormirme temprano y siempre ocurre lo mismo. Apago la luz, cierro los ojos y, cuando el silencio por fin ocupa la habitación, aparecen ellos. Una frase. Una imagen. Un gesto. Una conversación que no he vivido y, sin embargo, reconozco como si perteneciera a un recuerdo.

Enciendo la lámpara, busco el móvil y escribo unas pocas líneas antes de que desaparezcan. Vuelvo a acostarme. Cinco minutos después tengo que levantarme otra vez. La historia insiste. Yo solo intento seguirle el ritmo.

Durante años he pensado que los escritores exageraban cuando decían que una novela acaba escribiéndose sola. Ahora ya no estoy tan segura. Hay días en los que siento que no soy yo quien busca la historia, sino la historia la que me encuentra. Se instala en algún lugar de mi cabeza y empieza a crecer en silencio, sin pedir permiso.

Todavía no sé exactamente qué quiero contar. Solo sé que hay una generación que vive rodeada de posibilidades y, aun así, parece caminar con una nostalgia difícil de explicar. Personas que pueden elegir casi cualquier camino y, precisamente por eso, temen equivocarse con todos. Personas que pasan la vida buscando algo sin saber ponerle nombre.

No conozco todavía a mis personajes. Apenas distingo sus voces. A veces se acercan, me susurran una escena y vuelven a desaparecer. Otras veces guardan silencio durante días, obligándome a esperar. Empiezo a entender que escribir también consiste en eso: en aceptar que no todo depende de una misma.

Hay jornadas enteras en las que no consigo escribir más de una frase. La observo durante horas, cambio una palabra, elimino otra, vuelvo al principio y termino cerrando el ordenador. Desde fuera parece un día perdido. Yo ya no lo veo así. Incluso cuando no escribo, la novela sigue avanzando en algún lugar que no alcanzo a ver.

Quizá por eso escribir tiene tan poco que ver con las manos. La verdadera escritura ocurre antes. Mientras camino, mientras leo, mientras espero el metro o miro por la ventana sin pensar en nada. La historia va ocupando espacios vacíos hasta que un día decide aparecer sobre la página.

Todavía no sé adónde me lleva. Solo sé que ya no puedo hacer como si no existiera.