
No Diario
Empiezo a sospechar que escribir una novela consiste, sobre todo, en aprender a convivir con la duda.
Al principio pensaba que algún día desaparecería. Que llegaría un momento en el que abriría el documento y escribiría con la misma seguridad con la que camino por una calle conocida. No ocurre. Cuantas más páginas acumulo, más preguntas aparecen. Si esta escena es necesaria. Si este diálogo respira. Si una palabra pesa demasiado y otra demasiado poco.
La poesía nunca me exige esto. Los poemas llegan casi terminados. Permanecen durante días en algún lugar de la cabeza y, cuando por fin deciden salir, solo tengo que escuchar su ritmo. Una novela funciona de otra manera. Obliga a avanzar incluso cuando las frases todavía no saben quiénes quieren ser.
Empiezo a entender que escribir no siempre significa encontrar las palabras adecuadas. A veces significa aceptar las palabras provisionales para poder seguir caminando.
Por eso ya casi no vuelvo atrás. Prefiero continuar antes que corregir una página cien veces. Sé que, si empiezo a mirar demasiado tiempo el camino recorrido, corro el riesgo de no moverme nunca más.
También descubro que cada personaje necesita una puerta distinta para entrar en la historia. Hay capítulos que solo puedo escribir con una determinada música. Otros exigen silencio. Algunos aparecen al caer la tarde. Otros esperan hasta bien entrada la noche. No creo en los rituales, pero el cuerpo acaba inventándolos sin pedir permiso. Me recojo el pelo, me envuelvo en una manta aunque todavía no haga frío y espero. No porque esos gestos contengan la historia, sino porque le recuerdan a mi cabeza que ha llegado el momento de escuchar.
Las palabras empiezan a imponerse como un territorio delicado. Cuanto más escribo, más respeto les tengo. Una sola puede cambiar el peso de una escena. Una sola puede acercar o alejar a un personaje de quien lo lee. Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía en añadir. Ahora descubro que, muchas veces, consiste en quitar.
La novela avanza despacio. Mucho más despacio de lo que imaginaba cuando empecé. Ya no me preocupa. Algunas historias necesitan velocidad. Otras necesitan tiempo para sedimentarse, igual que el polvo tarda en posarse después de una tormenta.
Todavía no sé si seré capaz de escribir el libro que imagino. Quizá ningún escritor llegue a saberlo mientras lo está escribiendo.
Lo único que puedo hacer es volver mañana, abrir el mismo documento y escribir una frase más.
Después otra.
Y otra.