SOBRESATURACIÓNPRÓLOGO

Un fragmento de Sobresaturación

Miércoles

Prólogo

Desplaza para leer

ENTRE TIEMPOS

Era como un miércoles.

No puedo compararla con nada más y nada la describe mejor que este día de la semana. Creo que para esta historia le daré ese nombre.

Te presento a Miércoles.

Era una criatura que al mismo tiempo te hacía enloquecer y te reconfortaba. Nunca pudo tomar ninguna decisión concreta. Vivía en una dimensión temporal que podríamos llamar Entre Tiempos. No le gustaban las mañanas, tampoco las noches, y las tardes las sentía como una patata demasiado cocida. Si pudiera, existiría solo en esos pocos segundos en los que la noche se convierte en día, al amanecer, cuando la madrugada se despide.

VARSOVIA · AGOSTO

En cuanto a su capacidad de tomar decisiones, exageraba un poco porque, la verdad, es que sí que había tomado una decisión tajante en su vida. Fue hace un año. Agosto parecía interminable; el aire olía a asfalto caliente mezclado con una humedad casi tropical. Varsovia no es el mejor lugar para vivir en verano. Miércoles regresaba del trabajo y, a pesar del sudor, decidió ir a su cafetería favorita detrás de la calle Nowy Świat. Es un lugar excepcional. Estás en el centro de la capital, pero tienes la sensación de estar en una pequeña ciudad donde la vida fluye mucho más lentamente. Miércoles se sentó debajo de un gran sauce y pidió un doble espresso con hielo.

LA CIUDAD GRIS

Estaba harta de trabajar como editora de un periódico de barrio, harta de lidiar con calles con socavones y peleas entre vecinos. Para ella, Polonia era una prisión llena de tipos sospechosos y seguratas con una agresividad incontrolable, que abusaban de su poder. Todos los días, la gente que pasaba junto a ella la miraba con ojos asesinos y de sus bocas fluía el odio. Al menos eso le parecía a ella. Se imaginaba a los habitantes de Varsovia como bloques de hormigón gris sobre dos patas, que caminaban hacia adelante como autómatas y no miraban a su alrededor. Incluso cuando entraba en la tienda de alimentación cercana a su casa, a sus «buenos días», «gracias» y «adiós» le respondían con un sombrío silencio.

LA TIENDA DE ALIMENTACIÓN

Trataba de no ir a la tienda y prefería pedir todo por internet, pero a veces no tenía elección. La mirada de la cajera a menudo le hacía temblar. Miércoles parecía una mujer seria y segura de sí misma, pero en realidad era una niña pequeña que, después de agarrar salchichas vegetarianas y una botella de vino, salía corriendo de la tienda con la cabeza baja. Como si quisiera decir: «Lo siento mucho por molestarla, ya me voy».

Lo peor eran los puestos de queso y embutidos. Miércoles vivía sola y se alimentaba principalmente de vino tinto, que combinaba perfectamente con el queso. Camembert, gouda, mimolette, cheddar, brie, emmental... Era adicta, pero eso no significaba que pudiera comer grandes cantidades.

Aquí es donde comenzaban, de hecho, los problemas: ¿cómo decir que quería cuatro rebanadas de gouda y un cuarto de camembert? Si por casualidad lograba pronunciar estas cantidades vergonzosas, inmediatamente comenzaba un concierto de suspiros detrás del mostrador. Los sonidos que salían de la boca de la dependienta eran como silbidos de aire que se abrían camino a través de una boca cerrada y dientes apretados. Pero el queso no era su mayor problema en ese momento.

UNA SEMANA ANTES

Hace una semana murió su madre.

Probablemente os preguntáis cómo es posible que Miércoles esté sentada tan tranquilamente bebiendo café, cuando acaba de perder a alguien tan cercano. Marta, su madre, no era realmente alguien a quien podríamos llamar «cercana». Era más bien la mujer que la trajo al mundo y ahí terminaba su relación. Cuando Miércoles tenía apenas un año, su madre, de 19 años, se fue al extranjero a trabajar y nunca volvió. Dejó a la niña al cuidado de sus padres. A lo largo de todos estos años, no tuvieron mucho contacto. Su relación se basaba en conversaciones cortas durante las vacaciones y en ocasiones especiales como Navidad. Miércoles nunca la visitó en España, a pesar de que hablaba español casi a la perfección. Se decía a sí misma que algún día por fin compraría un billete y volaría a un país cálido, como las cigüeñas que emigran en invierno. Pero siempre surgía algo que se lo impedía, casi siempre el trabajo. No era capaz de desprenderse de él ni por un momento; solo se tomaba vacaciones cuando no le quedaba más remedio.

LA REDACCIÓN

Llegaba a la redacción a las seis de la mañana. Antes de las nueve tenía que idear al menos cinco temas interesantes para el periódico del día siguiente. «Idear» es la palabra adecuada, porque ¿de dónde sacar tantos dramas humanos y urbanos para llenar un diario? A veces incluso intentaba provocar algún que otro «acontecimiento». Luego resultaba que todos aquellos temas eran aprobados y tenía que sudar la gota gorda, como un hámster corriendo en su rueda, para llegar a tiempo y escribirlos todos. No era raro que no saliera de la redacción hasta pasadas las once de la noche.

UNA LLAVE · MADRID

Marta había fallecido en un accidente de tráfico. Aunque a Miércoles le dio un poco de pena, la verdad es que no conocía a esa mujer y no sabía nada particular sobre ella. A sus abuelos no les gustaba hablar de ese tema y ella no insistía. Hace una semana su madre falleció y resulta que le dejó un piso en Madrid como herencia. No se esperaba algo así. Sentada bajo el sauce, se preguntaba qué hacer con el apartamento: alquilarlo, venderlo o... no tenía ni idea. Estaba terriblemente cansada y, a pesar del doble espresso, el sol de la tarde y la cómoda tumbona la habían adormecido.

AL OTRO LADO DE LA CALLEJUELA

Cuando despertó, el sol se estaba poniendo y empezaba a refrescar. Pidió la cuenta y la pagó con tarjeta, guardó la cartera en su bolso y, lista para partir, se levantó de la tumbona. Se detuvo en seco. Al otro lado de la callejuela, pastaba una oveja. ¡Una oveja!

—Disculpa, ¿hay una oveja allí al otro lado? —preguntó a la camarera con voz indecisa.

—¿Una oveja? —se sorprendió la camarera—. Ah, sí, es una oveja —admitió y volvió a limpiar la mesa, como si fuera lo más normal del mundo que una oveja solitaria estuviera paseando por el centro de Varsovia.

Miércoles miró alrededor y se sorprendió al darse cuenta de que la oveja no parecía causar sorpresa ni curiosidad a nadie.

—En realidad... voy a ir a Madrid y a ver qué hago con este piso —decidió.

—¿Perdón? —La camarera la miró desconcertada.

—Nada, solo estoy pensando que, si no ahora, ¿cuándo? —respondió y se fue hacia casa.

Al día siguiente, renunció a su trabajo y un mes después estaba en un avión hacia Madrid.

EL ALMUERZO DEL DOMINGO

Su abuela casi sufre un infarto cuando escuchó la noticia, y su abuelo se sentó en su sillón y se puso pálido. Hacía mucho que no vivía con ellos, pero todos los domingos quedaban para almorzar juntos.

—No tengo nada que me ate aquí —intentaba explicarles—. No tengo mi propio piso, no tengo novio y, además, odio mi trabajo. Tal vez sea el momento adecuado para un cambio.

—Pero, hija, aquí tienes estabilidad; allá no hay nada. Un piso que nunca has visto. No conoces a nadie allá. ¿De dónde sacarás dinero? ¿Cómo encontrarás trabajo? —La cabeza de su abuela daba vueltas solo de pensar en todo esto.

—No lo sé, pero de alguna manera lo lograré. Y si no, siempre puedo volver aquí.

—Tengo un poco de ahorros, te daré algo para que tengas con qué vivir al principio —dijo el abuelo, y la abuela lo miró con una mirada asesina.

—¿Te has vuelto loco? Dile que no vaya a ninguna parte. Es incomprensible... Deberías buscar un esposo, pensar en tener hijos. ¡Un año más y tendrás 30 años!

—Gracias —besó al abuelo—. Todo estará bien, ya lo verás —abrazó a su abuela.

WAW → MAD

Miércoles sintió que por fin podía respirar. Estaba convencida de que finalmente se liberaría de la presión de su familia y su entorno. Nadie le preguntaría cuándo iba a poner orden en su vida. Empacó su ropa en dos grandes maletas y envió sus cajas de libros por correo. Era su primer vuelo en avión, así que estaba un poco nerviosa, pero definitivamente más emocionada que asustada.

PUERTA DE EMBARQUE NÚMERO 30

Llegó al aeropuerto tres horas antes, el check-in le llevó solo media hora, así que tuvo mucho tiempo para pasear sin rumbo por las tiendas. Se roció con todos los perfumes posibles y finalmente, aburrida, se sentó en un banco. A su lado, un hombre mayor estaba leyendo un libro. Por supuesto, Miércoles no pudo resistir e intentó cotillear el título. La curiosidad era uno de sus mayores defectos, junto con la falta de paciencia.

—La señora Dalloway —el hombre cerró el libro y sonrió a Miércoles—. ¿Lo has leído?

—Oh, lo siento, no quería molestar —se sintió avergonzada—. No, no lo he leído.

—Entonces, es para ti —el hombre le puso el libro en la mano—. Ya terminé y, de todos modos, pronto tengo mi vuelo. Te será más útil a ti.

—Pero... es muy amable, pero no puedo... —se sintió tonta por haberlo observado antes.

—No hay nada que hablar. Es un regalo —se levantó y se dirigió a la puerta de embarque número 30.

Abrió el libro y leyó:

“La señora Dalloway dijo que compraría ella misma las flores.

Sí, Lucy ya tenía bastante trabajo por hacer. Había que desmontar las puertas, la gente de Rumpelmayer estaba por llegar. Y, además, pensó Clarissa Dalloway, qué mañana: diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.”

FIN DEL PRÓLOGO

Madrid la esperaba
al otro lado.

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